Domingo, Mayo 16, 2021

Reguemos Chile por César Barros

LA TERCERA – Mucho se habla del cambio climático, pero poco es lo que se hace para enfrentarlo. En el caso de Chile -y a no tan largo plazo- las consecuencias son graves. En particular respecto de nuestra agricultura y nuestro rol como importantes exportadores de alimentos al mundo.

En los próximos 30 años el clima de la Región Metropolitana sería muy similar al de La Serena en términos pluviométricos: una reducción de esta de alrededor del 30%. Y un aumento de la temperatura promedio de entre 1 y 3°Celcius.

Pero lo más grave será la subida de la isoterma en la cordillera, que pasará de los actuales 2.000/2.500 metros a tener entre 500 y 300 metros más. Esto implica una pérdida de recursos hídricos fenomenal, al reducirse la cantidad de nieve y, por lo tanto, del agua de los deshielos de primavera y verano (principal fuente de regadío de nuestra zona central).

El agua para regadío de esta fuente -nuestro “lago cordillerano”- se reducirá entre 800 y 1.200 millones de metros cúbicos por año. Y aumentando con el tiempo.

Y mientras eso ocurre, la demanda por alimentos -en especial los que Chile exporta- seguirá aumentando sin pausa. El mundo pasará de los 7.000 millones de habitantes que tiene hoy a unos 9.800 millones el año 2050.

De todo esto se habla, pero poco se hace.

El proyecto de la carretera hídrica no es rápido: podría estar completo y en marcha dentro de 10 años en una primera parte, y 20 años en su totalidad. Dejando bajo riego la totalidad de las hectáreas cultivables entre las regiones del Biobío y de Atacama. Agua transportada por 1.000 kilómetros de canal llegando hasta el valle de Copiapó, y llenando, de paso, todos los embalses existentes en ese tramo a capacidad plena en forma permanente.

Permitiría (a pesar del efecto del cambio climático) pasar de los actuales US$ 16.200 millones de exportaciones agroindustriales a US$ 64.500 millones (¡¡5% del PIB!!) y los empleos agrícolas de la actualidad de 750.000 a casi 2.000.000 de personas. Esto implica diversificación, desarrollo sustentable y descentralización.
Implica, además, que para poner en marcha todo aquello el sector privado invierta a lo largo del periodo de puesta en marcha US$ 25.000 millones en obras secundarias.

El proyecto asusta. Como asustó inicialmente el Metro (¿se imaginan un Santiago sin Metro y solo con micros amarillas?). Como asusta el Puente Chacao. Y como se consideró la Carretera Austral como locura.

Pero como en todo, los gobiernos dudan: un proyecto demasiado largo que sobrepasa con mucho a su estadía en el poder. Alternativas más rápidas y de menor inversión, como las plantas desaladoras tan en boga para la minería.

Pero rompamos mitos: el costo de las desaladoras las hacen viables solo para consumo humano o procesos industriales altamente rentables. Incluso, si todos sus costos bajaran en un grueso 59%, el costo por metro cúbico llegaría a los US$ 0,64/m3. Haciendo inviable su costo para cualquier cultivo (salvo amapolas o marihuana).

La carretera hídrica puede llevar agua a un costo de entre US$ 0,15 a US$ 0,20 el m3 de agua.

Lo hizo California el siglo pasado regando desde su frontera con Oregón hasta San Diego en el sur. Lo está haciendo Perú (gran competidor de Chile en el mercado de la fruta), llevando agua desde la cuenca amazónica a sus desiertos de la costa.

Pero a los chilenos nos asusta acometer proyectos de largo plazo y de gran tamaño. Por eso, los gobiernos se distraen con quimeras como las plantas desaladoras o el famoso “canal submarino” o proyecto Aquatacama. Se ven más chicos. Se ven más rápidos. Pero al final, lo barato cuesta caro, como lo demuestra el cuadro comparativo siguiente.

Este proyecto tiene cinco etapas no necesariamente excluyentes. Y puede entrar en régimen total en 20 años y parcialmente en 10.

Es largo. Pero a diferencia de otros, es una solución definitiva.

Por supuesto que la nueva fuente de agua será pagada. Como se paga el pasaje del Metro o los peajes en los fines de semana o los TAG en las carreteras urbanas. Es un proceso cultural perfectamente alcanzable. Porque no sacrifica ningún “derecho previamente adquirido”. No es agua tradicional. Es agua para lugares que ahora no la tienen. Es lograr que hectáreas que hoy valen casi cero, pasen a valer US$ 30.000.

No es un sueño. Puede ser realidad si este gobierno se lo toma en serio.

Ver Artículo

Fuente: La Tercera, Domingo 22 de julio de 2018

LA TERCERA – Mucho se habla del cambio climático, pero poco es lo que se hace para enfrentarlo. En el caso de Chile -y a no tan largo plazo- las consecuencias son graves. En particular respecto de nuestra agricultura y nuestro rol como importantes exportadores de alimentos al mundo.

En los próximos 30 años el clima de la Región Metropolitana sería muy similar al de La Serena en términos pluviométricos: una reducción de esta de alrededor del 30%. Y un aumento de la temperatura promedio de entre 1 y 3°Celcius.

Pero lo más grave será la subida de la isoterma en la cordillera, que pasará de los actuales 2.000/2.500 metros a tener entre 500 y 300 metros más. Esto implica una pérdida de recursos hídricos fenomenal, al reducirse la cantidad de nieve y, por lo tanto, del agua de los deshielos de primavera y verano (principal fuente de regadío de nuestra zona central).

El agua para regadío de esta fuente -nuestro “lago cordillerano”- se reducirá entre 800 y 1.200 millones de metros cúbicos por año. Y aumentando con el tiempo.

Y mientras eso ocurre, la demanda por alimentos -en especial los que Chile exporta- seguirá aumentando sin pausa. El mundo pasará de los 7.000 millones de habitantes que tiene hoy a unos 9.800 millones el año 2050.

De todo esto se habla, pero poco se hace.

El proyecto de la carretera hídrica no es rápido: podría estar completo y en marcha dentro de 10 años en una primera parte, y 20 años en su totalidad. Dejando bajo riego la totalidad de las hectáreas cultivables entre las regiones del Biobío y de Atacama. Agua transportada por 1.000 kilómetros de canal llegando hasta el valle de Copiapó, y llenando, de paso, todos los embalses existentes en ese tramo a capacidad plena en forma permanente.

Permitiría (a pesar del efecto del cambio climático) pasar de los actuales US$ 16.200 millones de exportaciones agroindustriales a US$ 64.500 millones (¡¡5% del PIB!!) y los empleos agrícolas de la actualidad de 750.000 a casi 2.000.000 de personas. Esto implica diversificación, desarrollo sustentable y descentralización.
Implica, además, que para poner en marcha todo aquello el sector privado invierta a lo largo del periodo de puesta en marcha US$ 25.000 millones en obras secundarias.

El proyecto asusta. Como asustó inicialmente el Metro (¿se imaginan un Santiago sin Metro y solo con micros amarillas?). Como asusta el Puente Chacao. Y como se consideró la Carretera Austral como locura.

Pero como en todo, los gobiernos dudan: un proyecto demasiado largo que sobrepasa con mucho a su estadía en el poder. Alternativas más rápidas y de menor inversión, como las plantas desaladoras tan en boga para la minería.

Pero rompamos mitos: el costo de las desaladoras las hacen viables solo para consumo humano o procesos industriales altamente rentables. Incluso, si todos sus costos bajaran en un grueso 59%, el costo por metro cúbico llegaría a los US$ 0,64/m3. Haciendo inviable su costo para cualquier cultivo (salvo amapolas o marihuana).

La carretera hídrica puede llevar agua a un costo de entre US$ 0,15 a US$ 0,20 el m3 de agua.

Lo hizo California el siglo pasado regando desde su frontera con Oregón hasta San Diego en el sur. Lo está haciendo Perú (gran competidor de Chile en el mercado de la fruta), llevando agua desde la cuenca amazónica a sus desiertos de la costa.

Pero a los chilenos nos asusta acometer proyectos de largo plazo y de gran tamaño. Por eso, los gobiernos se distraen con quimeras como las plantas desaladoras o el famoso “canal submarino” o proyecto Aquatacama. Se ven más chicos. Se ven más rápidos. Pero al final, lo barato cuesta caro, como lo demuestra el cuadro comparativo siguiente.

Este proyecto tiene cinco etapas no necesariamente excluyentes. Y puede entrar en régimen total en 20 años y parcialmente en 10.

Es largo. Pero a diferencia de otros, es una solución definitiva.

Por supuesto que la nueva fuente de agua será pagada. Como se paga el pasaje del Metro o los peajes en los fines de semana o los TAG en las carreteras urbanas. Es un proceso cultural perfectamente alcanzable. Porque no sacrifica ningún “derecho previamente adquirido”. No es agua tradicional. Es agua para lugares que ahora no la tienen. Es lograr que hectáreas que hoy valen casi cero, pasen a valer US$ 30.000.

No es un sueño. Puede ser realidad si este gobierno se lo toma en serio.

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Fuente: La Tercera, Domingo 22 de julio de 2018

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