Sábado, Junio 22, 2024

Reconstruyendo desde el diálogo, por Pablo Allard

LA TERCERA – En momentos que sobran los análisis y se inician instancias de diálogo, vale la pena preguntarse cómo reconstruimos nuestras ciudades. Bajo el entendido de que muchas de las causas del descontento se deben a la segregación socioespacial, la falta de acceso y vivienda en los centros de oportunidades, y la desigual distribución de bienes y servicios públicos en ellas. A ello se suma la necesidad de reparar el daño acumulado por días de vandalismo y enfrentamientos callejeros. Pero más allá de lo físico, ¿cómo recuperar nuestras ciudades y espacio público como esa esfera donde las personas, distintas entre sí, concurren y comparten sus diferencias? Como diría Arendt, ese lugar del diálogo con el otro, donde todos podemos ser vistos y oídos.
Muchas ciudades han vivido procesos similares luego de quiebres traumáticos: Berlín luego de la caída del muro, Medellín con el desmantelamiento del narco-cartel, o Barcelona. Esta última a mi parecer la más pertinente a lo que vive Santiago, ya que debió articular un relato lo suficientemente sutil, político y potente para conducir el difícil proceso de reconstrucción física de la ciudad, junto con la reconstrucción de la identidad catalana y la redefinición de su modelo de desarrollo, dramáticamente dañados por décadas de dictadura franquista.
Estas ciudades iniciaron su proceso de regeneración urbana en base a una serie de intervenciones de muy bajo costo y de fuerte carácter estratégico, organizando a la sociedad civil en torno a agrupaciones vecinales, universidades y pequeñas unidades territoriales que pudieran identificar aquellos espacios urbanos que más los representaran, para luego conducir un proceso de “acupuntura urbana”, en el cual se renovaron plazas, sitios eriazos, canchas deportivas, paseos y equipamiento comunitario. Esto acompañado de una arquitectura y estética tremendamente auténtica, local, optimista, y por ende contemporánea, que abrió los espacios para reencantar a los ciudadanos con su ciudad y reforzar su identidad para la ola de globalización que se advertía.
Esta aproximación a la regeneración urbana es bien conocida, y sus resultados han sido ampliamente celebrados y estudiados, incluso en Chile. Tal vez lo que faltaba en nuestro país era la oportunidad adecuada, el momento histórico o la necesidad de tangibilizar las demandas sociales en el espacio y equipamiento público. Tengo la impresión de que ese momento es ahora, aprovechando el despliegue de cabildos, conversatorios e instancias de encuentro en cada comunidad, barrio, organización social o grupo de interés.
Lamentablemente hasta ahora, la ciudad no ha aparecido entre las prioridades de las múltiples demandas sociales por mejores pensiones, salud, educación y protección social; tampoco aparece explícita en la nueva agenda social propuesta por el gobierno, pero sigue presente como la plataforma desde donde lograremos la tan necesaria reconstrucción física y espiritual que tanto necesitamos.

Fuente: La Tercera, Domingo 03 de Noviembre de 2019

LA TERCERA – En momentos que sobran los análisis y se inician instancias de diálogo, vale la pena preguntarse cómo reconstruimos nuestras ciudades. Bajo el entendido de que muchas de las causas del descontento se deben a la segregación socioespacial, la falta de acceso y vivienda en los centros de oportunidades, y la desigual distribución de bienes y servicios públicos en ellas. A ello se suma la necesidad de reparar el daño acumulado por días de vandalismo y enfrentamientos callejeros. Pero más allá de lo físico, ¿cómo recuperar nuestras ciudades y espacio público como esa esfera donde las personas, distintas entre sí, concurren y comparten sus diferencias? Como diría Arendt, ese lugar del diálogo con el otro, donde todos podemos ser vistos y oídos.
Muchas ciudades han vivido procesos similares luego de quiebres traumáticos: Berlín luego de la caída del muro, Medellín con el desmantelamiento del narco-cartel, o Barcelona. Esta última a mi parecer la más pertinente a lo que vive Santiago, ya que debió articular un relato lo suficientemente sutil, político y potente para conducir el difícil proceso de reconstrucción física de la ciudad, junto con la reconstrucción de la identidad catalana y la redefinición de su modelo de desarrollo, dramáticamente dañados por décadas de dictadura franquista.
Estas ciudades iniciaron su proceso de regeneración urbana en base a una serie de intervenciones de muy bajo costo y de fuerte carácter estratégico, organizando a la sociedad civil en torno a agrupaciones vecinales, universidades y pequeñas unidades territoriales que pudieran identificar aquellos espacios urbanos que más los representaran, para luego conducir un proceso de “acupuntura urbana”, en el cual se renovaron plazas, sitios eriazos, canchas deportivas, paseos y equipamiento comunitario. Esto acompañado de una arquitectura y estética tremendamente auténtica, local, optimista, y por ende contemporánea, que abrió los espacios para reencantar a los ciudadanos con su ciudad y reforzar su identidad para la ola de globalización que se advertía.
Esta aproximación a la regeneración urbana es bien conocida, y sus resultados han sido ampliamente celebrados y estudiados, incluso en Chile. Tal vez lo que faltaba en nuestro país era la oportunidad adecuada, el momento histórico o la necesidad de tangibilizar las demandas sociales en el espacio y equipamiento público. Tengo la impresión de que ese momento es ahora, aprovechando el despliegue de cabildos, conversatorios e instancias de encuentro en cada comunidad, barrio, organización social o grupo de interés.
Lamentablemente hasta ahora, la ciudad no ha aparecido entre las prioridades de las múltiples demandas sociales por mejores pensiones, salud, educación y protección social; tampoco aparece explícita en la nueva agenda social propuesta por el gobierno, pero sigue presente como la plataforma desde donde lograremos la tan necesaria reconstrucción física y espiritual que tanto necesitamos.

Fuente: La Tercera, Domingo 03 de Noviembre de 2019

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