Martes, Agosto 3, 2021

“En Chile, la agricultura tendría que funcionar con la mitad del agua que usa actualmente” entrevista a Pedro Toledo

CIPER – Hoy, por ejemplo, el gran desafío de Toledo, profesor de Ingeniería Química en la Universidad de Concepción, es dar con los químicos que permitan hacer recircular el agua en las mineras sin contaminar aún más el subsuelo.

Para 2030, si no se descubren nuevos yacimientos, el mundo podría experimentar una escasez problemática de cobre. Ello ha aumentado los precios del mineral a niveles inéditos y las empresas que lo producen están abocadas a buscar nuevos lugares de extracción. Pero productir cobre tiene enormes costos: genera relaves que contaminan el medio ambiente, el mineral está cada vez más profundo y nadie quiere una mina cerca. ¿Y si dejamos de producir cobre? Pedro Toledo cree que “Chile no se puede dar ese lujo”, sino que hay que invertir en la producción sustentable del mineral. Para ello la industria debe estar dispuesta a obtener menos rentabilidad y el gobierno debe apostar a la investigación científica.

Pedro Toledo es subdirector del Centro de Recursos Hídricos para la Agricultura y la Minería (CRHIAM) y lleva muchos años estudiando el agua desde una perspectiva molecular. “La mayoría de las personas que trabajan en el centro tienen una mirada macroscópica, es decir, observan el agua con sus ojos y ven cómo funciona. Pero también está la posibilidad de analizar a escala molecular y tratar de entender cómo interactúan los elementos que participan en el agua”, explica.

Hoy, por ejemplo, el gran desafío de Toledo, profesor de Ingeniería Química en la Universidad de Concepción, es dar con los químicos que permitan hacer recircular el agua en las mineras sin contaminar aún más el subsuelo. Esa reutilización, que hace diez años ocurría con facilidad, se ha vuelto un dolor de cabeza, porque todo el proceso es más complejo: los lugares desde donde se extrae cobre son cada vez más profundos; los químicos deben cumplir mayores exigencias; la arcilla es cada vez más abundante y contamina el agua y así no puede recircular.

“El cobre forma parte de un mineral, un cristalito, que está disperso en la gran costra de tierra. Entonces, literalmente, es como buscar una aguja en un pajar, y la idea es encontrar esas agujas y juntarlas. Para ello lo que se hace es extraer el mineral y molerlo. Una vez que eso está hecho, el material molido se coloca en unas piscinas grandes con agua. En ese proceso lo que ocurre es que el mineral flota, y todo lo demás, el 99% del resto del material, se queda en la piscina. Sin el agua no podríamos producir cobre”, explica.

—Si el agua es tan relevante, ¿por qué usted afirma que es un mito que la industria minera usa mucha agua?

—El mito está en cuánta agua usa la minería del total disponible en Chile. La minería es el cuarto consumidor de agua, ocupa entre el 3% y el 4% del total nacional, frente al 72% que ocupa la agricultura. Luego está el consumo humano, con 8% aproximadamente, y la industria manufacturera, con un 7%. Como se ve, comparativamente, la minería requiere poca agua. Pero hay otros problemas, claro.

—¿Cómo cuáles?

—Volviendo al proceso que les contaba, ese 99% de sólidos que se separan del mineral y no sirven, conforman el talón de Aquiles de la minería: los relaves, cuyo destino final es un tranque. Antes, ese material se descargaba con el agua que los contenía y se perdía todo ese recurso hídrico. Ahora, antes de botar los relaves, recuperamos el agua. La industria logra recuperar un 72% del agua utilizada y existe tecnología que permite llegar hasta un 82%. En ese proceso se trabaja con aditivos químicos que permiten la clarificación del agua. Si esta agua cumple con ciertos indicadores, puede volver al proceso. Ahora, algo bien dramático que ocurre actualmente y que antes no pasaba, es que muchas veces el agua recuperada no es suficiente, y por lo tanto la planta tiene que parar.

—¿Por qué ocurre eso con más frecuencia?

—Los yacimientos tienen desarrollos históricos. En el caso chileno, tenemos grandes yacimientos, pero los minerales existen en concentraciones muy bajas, típicamente menos del 1%. Al comienzo, los yacimientos parten con la veta bien identificada, entonces lo que usted saca tiene a lo mejor más de un 1% de concentración… Pero cuando empiezan a ser maduros, como son los grandes yacimientos de Chile, hay que buscar vetas secundarias. Eso obliga a sacar más material y moler muy fino, y cuando mueles muy fino se desprenden arcillas que se quedan suspendidas en el agua y es muy difícil deshacerse de ellas.

—¿Eso complica todo el proceso?

—Es un desafío muy grande para la industria buscar los aditivos químicos que permitan separar esas partículas super pequeñas que mantienen turbia el agua e impiden que sea recirculada, porque los aditivos antiguos no funcionan. Además, los nuevos aditivos deben ser “verdes”. Buscar los aditivos químicos que permitan recircular el agua hoy es el gran problema de la industria.

—Usted decía que, comparativamente, la minería requiere poca agua. Pero ¿hace 20 años también era así? ¿No está más seco el norte de Chile por responsabilidad de esta industria?

—Toda actividad tiene algún impacto y el desarrollo de la industria antes era obviamente menor. Pero no me parece que tengamos antecedentes como para afirmar lo que usted indica. Hay otras cosas, como los relaves. Ese sí es un pecado que está allí. Chile produce 1,5 millones de toneladas de relave al día, eso es como un cerro diario.

—En Ciper hicimos un mapa sobre los relaves, y no son un pecado sino más bien un arma mortal, que contamina comunidades y puede terminar matando personas. Pensando en eso, no cree usted que es válido preguntarse ¿por qué tenemos que seguir produciendo cobre? Esta pregunta se la están haciendo investigadores de países mineros como Australia, por los distintos impactos que la extracción de cobre genera en diversos contextos.

—La discusión está muy presente. Hay economistas que dicen: “abandonemos el modelo económico que tiene Chile, basado en la extracción de materias primas, y nos volcamos a un desarrollo más complejo”. Yo me he preguntado ¿podemos vivir sin cobre? Y me parece que, como país, no nos podemos dar ese lujo. El cobre es un negocio de cuarenta mil millones de dólares, contribuye al PIB chileno en un 10%… El otro día busqué cuánto contribuía el vino, que Chile produce mucho, y no alcanza al 1% del PIB, y las exportaciones de cobre representan más del 55% de todas las exportaciones…

—La contribución del cobre es vital para el PIB. Pero también hay estudios que muestran que el 60% del cobre hoy está en manos privadas y que éstas empresas se llevan el grueso de la rentabilidad, entonces uno podría discutir esa relevancia. También hay cuestiones de largo plazo ¿Tenemos que hablar de lo que hoy día produce el cobre o más bien pensar en las futuras generaciones y en los costos que tendrá para ellos las enormes rentabilidades actuales?

—Con el modelo que tenemos no propendemos al equilibrio entre lo económico y el desarrollo social, pero eso se puede hacer exigiendo niveles de sustentabilidad a la actividad de explotación de los recursos naturales. Si pensamos dejar atrás esta economía basada en los recursos naturales, que le ha dado rentabilidad al país, no sé cuál va a ser la alternativa. Hace unos años trabajamos un proyecto que iba a significar una revolución: minería seca. La propuesta era no usar agua en algunas etapas del proceso de producción de cobre, específicamente en el lavado y clasificación de las rocas que contienen los minerales. Proponíamos fracturar esa roca con inducción de voltajes eléctricos. Es decir, fracturar, moler, fraccionar con potencias eléctricas. Hay especialistas en Chile que pueden hacer eso y, si bien requiere mucha energía, se podría utilizar el generoso sol del norte. La otra posibilidad era tomar todo este material y suspenderlo en una columna de aire, en un proceso que se llama fluidización. Lo interesante es que en la columna las partículas más pesadas quedan abajo y las más livianas suben… y sin usar agua en ninguna parte de estos procesos. Además, que tampoco se producen relaves, sólo arena, que también contamina claro. Pero un proceso seco evitaría perder el agua y llevar restos de agua con aditivos químicos y peligrosos a la superficie de la tierra.

—¿Qué pasó con ese proyecto?

—Avanzamos, tenemos apoyo de universidades extranjeras, pero fuimos a Corfo y nos dijeron: “No hay recursos porque esto todavía nadie lo va a pagar. No está maduro para poder venderlo”. Eso paró todo. Y ahí está el proyecto, detenido.

LA AGRICULTURA DEBE CAMBIAR

Según Pedro Toledo, a diferencia de lo que ocurre con la minería, el sector agrícola consume el 72% del agua y además es ineficiente. Por ello, plantea, desde una perspectiva de escasez hídrica, el primer cambio que debe promoverse es lograr que la agricultura gestione mejor el agua, “pues hoy este sector es mucho más problemático que la minería”.

—¿Por qué?

—Por los volúmenes. Pero esto es algo que va más allá de Chile. Hay un informe del Banco Mundial que dice que se va a impulsar la reasignación del agua, y el candidato que tendrá que ceder más es el que más tiene. En este caso, la agricultura. Y el número del que se habla es de entre un 25% y un 40%. O sea, aquí en Chile la agricultura tendría que funcionar con la mitad de agua que usa actualmente.

—¿Hay tecnología que permita esto?

—Hay investigadores que dicen que sí, que aquí hay cosas que se pueden hacer muy rápido para mejorar esto. Pero cuando se escucha a los agricultores, ellos dicen que no tienen plata para comprar los dispositivos que ayudarían. Entonces me imagino que tiene que haber una política de Estado que los apoye. Ahora, no se trata de mirar a la agricultura como el gran mal. En el fondo, se le está pidiendo lo mismo que a la minería: una gestión adecuada de los recursos hídricos. Si al final de todo esto colocamos que la industria debe asegurar la sustentabilidad, yo creo que Chile subiría unos escalones en su desarrollo. Creo que nuestro país está en un momento extraordinario para tomar la decisión de asegurarnos un desarrollo sustentable; un equilibrio entre lo económico y lo social. Pero tenemos que definir el derecho humano al desarrollo sustentable.

—Hoy existe en Chile el derecho humano al agua, ¿no basta con eso? ¿necesitamos consagrar otros derechos?

—El derecho humano al agua está consagrado, pero no basta, necesitamos otro derecho. Es que la ejecución del derecho va a llevar a las acciones.

—¿Usted cree que las empresas están dispuestas a invertir en sustentabilidad?

—Bueno, está el ejemplo de la desalación, donde las mineras han hecho grandes inversiones en instalar plantas desaladoras y proveerse de esa agua. De hecho, hay cientos de millones de personas en el mundo que usan agua desalada como agua potable. La minería ha invertido mucho en eso para asegurar su proceso productivo.

—¿Hoy día la desalación es el camino para proveer a la industria minera de agua?

—Absolutamente. Hoy día en Chile la desalación es una gran realidad. Hace 15 años, junto a otros investigadores, fuimos parte de este desarrollo. Yo había llegado recién de estudiar en el extranjero y con colegas y estudiantes partimos con esa idea loca de hacer la operación de flotación con agua de mar… Si miramos en números todo esto, encontramos que en 2020, por ejemplo, el consumo total de agua de la minería fue de 18,3m³ por segundo, de los cuales 12,8m³ por segundo es agua continental y un poco más de 5m³ por segundo es agua de mar. La proyección para 2030 es que el consumo total de agua va a alcanzar los 23,5m³ por segundo, de los cuales 12,5m³ es agua continental y casi 11m³ será agua de mar, es decir, para entonces la mitad del agua que va a requerir la industria minera provendrá del mar y la otra mitad de aguas frescas.

—¿Y se podrá llegar en algún momento al 100% de agua de mar?

—Se puede, el problema es que como muchas de las mineras están ubicadas a una altura importante, hace que el transporte del agua tenga un precio mayor y eso afectaría el potencial económico de los proyectos para las mineras.

—En el fondo, podríamos avanzar hacia un 100% de desalación, pero topamos con la industria porque no les conviene. ¿Ese es el problema?

—Sí, eso es.

Este artículo es parte del proyecto CIPER/Académico, una iniciativa de CIPER que busca ser un puente entre la academia y el debate público, cumpliendo con uno de los objetivos fundacionales que inspiran a nuestro medio.

CIPER/Académico es un espacio abierto a toda aquella investigación académica nacional e internacional que busca enriquecer la discusión sobre la realidad social y económica.

Hasta el momento, CIPER Académico recibe aportes de seis centros de estudios: el Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES), el Centro de Estudios Interculturales e Indígenas (CIIR), el Centro de Investigación en Comunicación, Literatura y Observación Social (CICLOS) de la Universidad Diego Portales, el Núcleo Milenio Autoridad y Asimetrías de Poder (NUMAAP), el Centro de Recursos Hídricos para la Agricultura y la Minería (CRHIAM) y el Instituto Milenio para la Investigación en Depresión y Personalidad (MIDAP). Estos aportes no condicionan la libertad editorial de CIPER.

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Fuente: Ciper, Lunes 01 de Mayo de 2021

CIPER – Hoy, por ejemplo, el gran desafío de Toledo, profesor de Ingeniería Química en la Universidad de Concepción, es dar con los químicos que permitan hacer recircular el agua en las mineras sin contaminar aún más el subsuelo.

Para 2030, si no se descubren nuevos yacimientos, el mundo podría experimentar una escasez problemática de cobre. Ello ha aumentado los precios del mineral a niveles inéditos y las empresas que lo producen están abocadas a buscar nuevos lugares de extracción. Pero productir cobre tiene enormes costos: genera relaves que contaminan el medio ambiente, el mineral está cada vez más profundo y nadie quiere una mina cerca. ¿Y si dejamos de producir cobre? Pedro Toledo cree que “Chile no se puede dar ese lujo”, sino que hay que invertir en la producción sustentable del mineral. Para ello la industria debe estar dispuesta a obtener menos rentabilidad y el gobierno debe apostar a la investigación científica.

Pedro Toledo es subdirector del Centro de Recursos Hídricos para la Agricultura y la Minería (CRHIAM) y lleva muchos años estudiando el agua desde una perspectiva molecular. “La mayoría de las personas que trabajan en el centro tienen una mirada macroscópica, es decir, observan el agua con sus ojos y ven cómo funciona. Pero también está la posibilidad de analizar a escala molecular y tratar de entender cómo interactúan los elementos que participan en el agua”, explica.

Hoy, por ejemplo, el gran desafío de Toledo, profesor de Ingeniería Química en la Universidad de Concepción, es dar con los químicos que permitan hacer recircular el agua en las mineras sin contaminar aún más el subsuelo. Esa reutilización, que hace diez años ocurría con facilidad, se ha vuelto un dolor de cabeza, porque todo el proceso es más complejo: los lugares desde donde se extrae cobre son cada vez más profundos; los químicos deben cumplir mayores exigencias; la arcilla es cada vez más abundante y contamina el agua y así no puede recircular.

“El cobre forma parte de un mineral, un cristalito, que está disperso en la gran costra de tierra. Entonces, literalmente, es como buscar una aguja en un pajar, y la idea es encontrar esas agujas y juntarlas. Para ello lo que se hace es extraer el mineral y molerlo. Una vez que eso está hecho, el material molido se coloca en unas piscinas grandes con agua. En ese proceso lo que ocurre es que el mineral flota, y todo lo demás, el 99% del resto del material, se queda en la piscina. Sin el agua no podríamos producir cobre”, explica.

—Si el agua es tan relevante, ¿por qué usted afirma que es un mito que la industria minera usa mucha agua?

—El mito está en cuánta agua usa la minería del total disponible en Chile. La minería es el cuarto consumidor de agua, ocupa entre el 3% y el 4% del total nacional, frente al 72% que ocupa la agricultura. Luego está el consumo humano, con 8% aproximadamente, y la industria manufacturera, con un 7%. Como se ve, comparativamente, la minería requiere poca agua. Pero hay otros problemas, claro.

—¿Cómo cuáles?

—Volviendo al proceso que les contaba, ese 99% de sólidos que se separan del mineral y no sirven, conforman el talón de Aquiles de la minería: los relaves, cuyo destino final es un tranque. Antes, ese material se descargaba con el agua que los contenía y se perdía todo ese recurso hídrico. Ahora, antes de botar los relaves, recuperamos el agua. La industria logra recuperar un 72% del agua utilizada y existe tecnología que permite llegar hasta un 82%. En ese proceso se trabaja con aditivos químicos que permiten la clarificación del agua. Si esta agua cumple con ciertos indicadores, puede volver al proceso. Ahora, algo bien dramático que ocurre actualmente y que antes no pasaba, es que muchas veces el agua recuperada no es suficiente, y por lo tanto la planta tiene que parar.

—¿Por qué ocurre eso con más frecuencia?

—Los yacimientos tienen desarrollos históricos. En el caso chileno, tenemos grandes yacimientos, pero los minerales existen en concentraciones muy bajas, típicamente menos del 1%. Al comienzo, los yacimientos parten con la veta bien identificada, entonces lo que usted saca tiene a lo mejor más de un 1% de concentración… Pero cuando empiezan a ser maduros, como son los grandes yacimientos de Chile, hay que buscar vetas secundarias. Eso obliga a sacar más material y moler muy fino, y cuando mueles muy fino se desprenden arcillas que se quedan suspendidas en el agua y es muy difícil deshacerse de ellas.

—¿Eso complica todo el proceso?

—Es un desafío muy grande para la industria buscar los aditivos químicos que permitan separar esas partículas super pequeñas que mantienen turbia el agua e impiden que sea recirculada, porque los aditivos antiguos no funcionan. Además, los nuevos aditivos deben ser “verdes”. Buscar los aditivos químicos que permitan recircular el agua hoy es el gran problema de la industria.

—Usted decía que, comparativamente, la minería requiere poca agua. Pero ¿hace 20 años también era así? ¿No está más seco el norte de Chile por responsabilidad de esta industria?

—Toda actividad tiene algún impacto y el desarrollo de la industria antes era obviamente menor. Pero no me parece que tengamos antecedentes como para afirmar lo que usted indica. Hay otras cosas, como los relaves. Ese sí es un pecado que está allí. Chile produce 1,5 millones de toneladas de relave al día, eso es como un cerro diario.

—En Ciper hicimos un mapa sobre los relaves, y no son un pecado sino más bien un arma mortal, que contamina comunidades y puede terminar matando personas. Pensando en eso, no cree usted que es válido preguntarse ¿por qué tenemos que seguir produciendo cobre? Esta pregunta se la están haciendo investigadores de países mineros como Australia, por los distintos impactos que la extracción de cobre genera en diversos contextos.

—La discusión está muy presente. Hay economistas que dicen: “abandonemos el modelo económico que tiene Chile, basado en la extracción de materias primas, y nos volcamos a un desarrollo más complejo”. Yo me he preguntado ¿podemos vivir sin cobre? Y me parece que, como país, no nos podemos dar ese lujo. El cobre es un negocio de cuarenta mil millones de dólares, contribuye al PIB chileno en un 10%… El otro día busqué cuánto contribuía el vino, que Chile produce mucho, y no alcanza al 1% del PIB, y las exportaciones de cobre representan más del 55% de todas las exportaciones…

—La contribución del cobre es vital para el PIB. Pero también hay estudios que muestran que el 60% del cobre hoy está en manos privadas y que éstas empresas se llevan el grueso de la rentabilidad, entonces uno podría discutir esa relevancia. También hay cuestiones de largo plazo ¿Tenemos que hablar de lo que hoy día produce el cobre o más bien pensar en las futuras generaciones y en los costos que tendrá para ellos las enormes rentabilidades actuales?

—Con el modelo que tenemos no propendemos al equilibrio entre lo económico y el desarrollo social, pero eso se puede hacer exigiendo niveles de sustentabilidad a la actividad de explotación de los recursos naturales. Si pensamos dejar atrás esta economía basada en los recursos naturales, que le ha dado rentabilidad al país, no sé cuál va a ser la alternativa. Hace unos años trabajamos un proyecto que iba a significar una revolución: minería seca. La propuesta era no usar agua en algunas etapas del proceso de producción de cobre, específicamente en el lavado y clasificación de las rocas que contienen los minerales. Proponíamos fracturar esa roca con inducción de voltajes eléctricos. Es decir, fracturar, moler, fraccionar con potencias eléctricas. Hay especialistas en Chile que pueden hacer eso y, si bien requiere mucha energía, se podría utilizar el generoso sol del norte. La otra posibilidad era tomar todo este material y suspenderlo en una columna de aire, en un proceso que se llama fluidización. Lo interesante es que en la columna las partículas más pesadas quedan abajo y las más livianas suben… y sin usar agua en ninguna parte de estos procesos. Además, que tampoco se producen relaves, sólo arena, que también contamina claro. Pero un proceso seco evitaría perder el agua y llevar restos de agua con aditivos químicos y peligrosos a la superficie de la tierra.

—¿Qué pasó con ese proyecto?

—Avanzamos, tenemos apoyo de universidades extranjeras, pero fuimos a Corfo y nos dijeron: “No hay recursos porque esto todavía nadie lo va a pagar. No está maduro para poder venderlo”. Eso paró todo. Y ahí está el proyecto, detenido.

LA AGRICULTURA DEBE CAMBIAR

Según Pedro Toledo, a diferencia de lo que ocurre con la minería, el sector agrícola consume el 72% del agua y además es ineficiente. Por ello, plantea, desde una perspectiva de escasez hídrica, el primer cambio que debe promoverse es lograr que la agricultura gestione mejor el agua, “pues hoy este sector es mucho más problemático que la minería”.

—¿Por qué?

—Por los volúmenes. Pero esto es algo que va más allá de Chile. Hay un informe del Banco Mundial que dice que se va a impulsar la reasignación del agua, y el candidato que tendrá que ceder más es el que más tiene. En este caso, la agricultura. Y el número del que se habla es de entre un 25% y un 40%. O sea, aquí en Chile la agricultura tendría que funcionar con la mitad de agua que usa actualmente.

—¿Hay tecnología que permita esto?

—Hay investigadores que dicen que sí, que aquí hay cosas que se pueden hacer muy rápido para mejorar esto. Pero cuando se escucha a los agricultores, ellos dicen que no tienen plata para comprar los dispositivos que ayudarían. Entonces me imagino que tiene que haber una política de Estado que los apoye. Ahora, no se trata de mirar a la agricultura como el gran mal. En el fondo, se le está pidiendo lo mismo que a la minería: una gestión adecuada de los recursos hídricos. Si al final de todo esto colocamos que la industria debe asegurar la sustentabilidad, yo creo que Chile subiría unos escalones en su desarrollo. Creo que nuestro país está en un momento extraordinario para tomar la decisión de asegurarnos un desarrollo sustentable; un equilibrio entre lo económico y lo social. Pero tenemos que definir el derecho humano al desarrollo sustentable.

—Hoy existe en Chile el derecho humano al agua, ¿no basta con eso? ¿necesitamos consagrar otros derechos?

—El derecho humano al agua está consagrado, pero no basta, necesitamos otro derecho. Es que la ejecución del derecho va a llevar a las acciones.

—¿Usted cree que las empresas están dispuestas a invertir en sustentabilidad?

—Bueno, está el ejemplo de la desalación, donde las mineras han hecho grandes inversiones en instalar plantas desaladoras y proveerse de esa agua. De hecho, hay cientos de millones de personas en el mundo que usan agua desalada como agua potable. La minería ha invertido mucho en eso para asegurar su proceso productivo.

—¿Hoy día la desalación es el camino para proveer a la industria minera de agua?

—Absolutamente. Hoy día en Chile la desalación es una gran realidad. Hace 15 años, junto a otros investigadores, fuimos parte de este desarrollo. Yo había llegado recién de estudiar en el extranjero y con colegas y estudiantes partimos con esa idea loca de hacer la operación de flotación con agua de mar… Si miramos en números todo esto, encontramos que en 2020, por ejemplo, el consumo total de agua de la minería fue de 18,3m³ por segundo, de los cuales 12,8m³ por segundo es agua continental y un poco más de 5m³ por segundo es agua de mar. La proyección para 2030 es que el consumo total de agua va a alcanzar los 23,5m³ por segundo, de los cuales 12,5m³ es agua continental y casi 11m³ será agua de mar, es decir, para entonces la mitad del agua que va a requerir la industria minera provendrá del mar y la otra mitad de aguas frescas.

—¿Y se podrá llegar en algún momento al 100% de agua de mar?

—Se puede, el problema es que como muchas de las mineras están ubicadas a una altura importante, hace que el transporte del agua tenga un precio mayor y eso afectaría el potencial económico de los proyectos para las mineras.

—En el fondo, podríamos avanzar hacia un 100% de desalación, pero topamos con la industria porque no les conviene. ¿Ese es el problema?

—Sí, eso es.

Este artículo es parte del proyecto CIPER/Académico, una iniciativa de CIPER que busca ser un puente entre la academia y el debate público, cumpliendo con uno de los objetivos fundacionales que inspiran a nuestro medio.

CIPER/Académico es un espacio abierto a toda aquella investigación académica nacional e internacional que busca enriquecer la discusión sobre la realidad social y económica.

Hasta el momento, CIPER Académico recibe aportes de seis centros de estudios: el Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES), el Centro de Estudios Interculturales e Indígenas (CIIR), el Centro de Investigación en Comunicación, Literatura y Observación Social (CICLOS) de la Universidad Diego Portales, el Núcleo Milenio Autoridad y Asimetrías de Poder (NUMAAP), el Centro de Recursos Hídricos para la Agricultura y la Minería (CRHIAM) y el Instituto Milenio para la Investigación en Depresión y Personalidad (MIDAP). Estos aportes no condicionan la libertad editorial de CIPER.

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Fuente: Ciper, Lunes 01 de Mayo de 2021

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