Sábado, Junio 15, 2024

Compacidad versus dispersión, ¿cuál es la ciudad ideal para la sociedad actual?

DIARIO CONCEPCIÓN – Los retos que se deben abordar desde la ocupación del territorio para avanzar hacia una ciudad y una sociedad sustentable, son abordados por cuatro especialistas, quienes revisan cómo se pueden conjugar los efectos de la urbanización con la calidad del habitar y la protección del medio ambiente.

Ximena Cortés Oñate

El escenario urbano contemporáneo pareciera desarrollarse en medio de la tensión entre dos fuerzas críticas: las ciudades compactas y las ciudades dispersas.

La discusión en torno a la densidad urbana aparece cada tanto, con un concepto que no siempre es claramente entendido. Se la suele asociar a la existencia de torres en altura, que han llamado guetos verticales; no obstante, como explica la arquitecta y urbanista Claudia García Lima, la expresión construida de la densidad puede tener muchas formas, no solo construcciones en altura.

La académica del departamento de Urbanismo de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Geografía de la Universidad de Concepción, señala que la búsqueda del equilibrio de la densidad en el desarrollo urbano pasa por “armonizar diferentes normas urbanísticas, como definir la intensidad del uso de suelo, la parcelación, tasa de ocupación, constructibilidad, alturas, entre otras, y garantizar espacio público en función de las actividades que se desarrollan en un determinado espacio, bien como la mezcla de ellas”.

“Las ciudades más densas buscan optimizar los recursos de infraestructura, permiten reducir tiempos de viaje por cercanías promoviendo el uso más racional del transporte motorizado e incentiva los modos activos de movilidad” Claudia García Lima

Ello debe tomar en consideración, además, educación y participación activa de la comunidad sobre las políticas y desarrollo de la planificación urbana para, de esta manera, evaluar las diferentes alternativas de escenarios futuros y sus respectivos impactos.
Tanto la compacidad como la dispersión urbana traen ventajas y desventajas en el habitar, las que pueden ser entendidas en diversas escalas. Por ejemplo, a nivel individual, las ciudades dispersas presentan la desventaja de que una persona debe recorrer largas distancias para llegar a su destino, implicando un aumento en los tiempos y número de viajes.

Otra dimensión que menciona la geógrafa Helen de la Fuente Contreras es la barrial. Aquí, lo negativo de la dispersión se evidencia cuando un sector residencial, localizado en la periferia de la ciudad, carece de equipamientos, cuenta con un deficiente transporte público, escasa infraestructura y no posee espacios públicos funcionales para el desarrollo y encuentro de la comunidad.

“A escala de ciudad, en tanto, la dispersión aumenta el consumo de suelo impactando negativamente a los ecosistemas naturales cercanos”, dice la encargada del Observatorio del Centro de Desarrollo Urbano, CEDEUS, en la UdeC.

“Es importante tener claro que la movilidad urbana es necesaria para lograr acceder a las oportunidades o servicios que ofrece la ciudad. El problema principal es el modo de transporte que se utiliza en el desplazamiento”. Helen de la Fuente

Por su parte, Felipe Link Lazo complementa señalando que, en el caso de la ciudad dispersa o el crecimiento en extensión, generalmente en baja densidad, “el problema residencial está en la especialización funcional; es decir, segregación y conformación de guetos o ciudadelas, generalmente de acceso controlado, que homogenizan el espacio y la convivencia”.

En términos del acceso a recursos y el uso de infraestructuras, el profesor asociado del Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales de la Universidad Católica señala que se trata de un modelo ineficiente que requiere de tiempo y desplazamientos mayores. “El posible beneficio del crecimiento en extensión, sería, eventualmente, para quienes tienen capacidad de pago, y se refiere a la disponibilidad de mayor espacio”, asevera.

“La planificación urbana debería lograr un equilibrio, con el objetivo de resguardar la condición urbana en su sentido más amplio, como el lugar que da la posibilidad de encuentro y que construye un modo urbano de vivir, con un cierto tamaño, densidad y heterogeneidad social”. Felipe Link

De la Fuente también identifica los factores económicos como externalidades positivas de las ciudades dispersas. Por ejemplo, dice, “los suelos más distantes del centro poseen un precio menor, siendo atractivo tanto para la construcción de viviendas sociales por parte del Estado como para inmobiliarias, promoviendo el acceso a la vivienda unifamiliar a través de proyectos de rápida construcción. Pero a costa de las desventajas mencionadas anteriormente”.

Equilibrio necesario

Si bien parecieran estar en extremos opuestos de la densidad poblacional, Link explica que la densificación de áreas centrales y la dispersión son dos tendencias paralelas, no excluyentes.

A su juicio, las ciudades compactas presentan beneficios como la proximidad; es decir, explica, con la posibilidad de acceder a recursos urbanos en menor tiempo y con menores desplazamientos, además de posibilitar el reconocimiento en un espacio limitado. “En una ciudad con proximidad se facilita también la interacción social, el sentido de pertenencia y arraigo a un lugar”, sostiene Link quien también es investigador asociado en el Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social, COES, y en CEDEUS.

De la Fuente agrega que la ciudad compacta posee usos de suelo mixto, donde se concentran bienes y servicios: “Esto genera beneficios como una reducción en los tiempos de viaje, que incentiva los modos de transporte no motorizados, mejorando la eficiencia energética. Al ser una ciudad más caminable, aumenta la actividad física y la salud de los habitantes”.

Además, dice, la alta densificación consume una menor superficie de suelo permitiendo una mejor gestión de zonas de interés ambiental. “Sin embargo, la alta densificación regida por intereses del mercado podría llevar a una sobresaturación del terreno, generando de igual manera impactos ambientales negativos como también una falta de diversidad del espacio urbano”, señala la geógrafa.

“Es importante enfatizar que, dentro de las desventajas, se incrementan los valores de las propiedades y del espacio en general, produciendo procesos de gentrificación, que provocan un desplazamiento paulatino de la población local que se ha empobrecido a causa de altos costos de vida al vivir en el centro de la ciudad”, dice de la Fuente.

En tanto Link, añade que el riesgo de la compacidad es la híper densidad, es decir, concentrar en un espacio acotado a una gran cantidad de población en tipologías de vivienda que atentan contra la vida urbana.

“Hemos visto en investigaciones previas que, por ejemplo, la sociabilidad urbana se ve fragmentada o disminuida en los dos extremos de la densidad, tanto en híper densidad como en crecimiento en extensión en baja densidad. Por lo tanto, la planificación urbana debería lograr un equilibrio entre ambas tendencias, con el objetivo de resguardar la condición urbana en su sentido más amplio, como el lugar que da la posibilidad de encuentro con otros y que construye un modo urbano de vivir, con un cierto tamaño, densidad y heterogeneidad social”, señala.

Compromiso de la sociedad

Frente a las crisis económicas, sanitarias y ambientales que se enfrentan en la actualidad, existen ciertos movimientos que manifiestan una tendencia a abandonar los grandes centros poblados para instalarse en zonas rurales para buscar una autosustentabilidad y combatir el cambio climático.

El historiador Fernando Venegas Espinoza señala que este fenómeno se ha dado en todo occidente, especialmente entre profesionales, que se saturan de la ciudad y migran a los espacios rurales, lo que es facilitado (históricamente, ver recuadro) por los mejores caminos y las facilidades en las comunicaciones.

“El repoblamiento de los espacios rurales se hace como una proyección, siguiendo el `habitus´ urbano. Por lo tanto, la separación entre lo urbano y lo rural se hace cada vez más difusa, desde el punto de vista cultural”. Fernando Venegas

“Sin desconocer los buenos propósitos de quienes tienen esas iniciativas, no logran ser autosustentables. A lo más tendrán una huerta, si es que tienen tiempo para cultivarla. Se construyen viviendas en suelos agrícolas. El tema del agua es clave, pero está ausente una cultura campesina en esas personas. Una cosa es ir al campo a tomar aire y contemplar sus bellezas, y otra es vivir en el campo o vivir del campo, lo cual es un gran sacrificio para muchos de estos migrantes”, señala el director del Departamento de Historia y del Programa de Doctorado en Historia de la Universidad de Concepción.

A su juicio, “el repoblamiento de los espacios rurales se hace como una proyección, siguiendo el `habitus´ (concepto de Bourdieu) urbano. Por lo tanto, la separación entre lo urbano y lo rural se hace cada vez más difusa, desde el punto de vista cultural”.

Entonces, ¿sobre qué elementos se debe actuar para lograr una ciudad sustentable? Para García Lima, eso depende de la base sobre la cual se hace el diagnóstico. “La idea inicial con la que se partió con el concepto de sustentabilidad, en un equilibrio entre desarrollo social y económico y respeto hacia el ambiente natural, se desdobla en muchos matices dependiendo de dónde se encuentra el desequilibrio de una ciudad”, explica.

Presidenta de PlanRed Chile (Red de Planificadores de Chile), García Lima señala que, mientras ciudades europeas, están preocupadas con endurecer medidas hacia estándares ambientales más estrictos, en Latinoamérica todavía la preocupación está enfocada en la búsqueda de mayor prosperidad social y económica para disminuir las desigualdades sociales.

“Lo que se ha comprendido en el camino hacia la sustentabilidad, es la necesidad de un compromiso de la sociedad como un todo, donde el Estado tiene un rol clave, en el sentido de facilitar los procesos de aprendizaje y concientización de la población, regular y fiscalizar la actuación de los grupos de interés y promover políticas de incentivo para que el compromiso social sea viable”, dice.
Considerando que lograr una mayor sustentabilidad en las ciudades implica retos diversos debido a los acelerados procesos de urbanización del último tiempo, de la Fuente plantea como necesario hacer referencia a los Objetivos del Desarrollo Sustentable, ODS, propuestos por las Naciones Unidas al 2030. “Estos objetivos abarcan desafíos como, por ejemplo, reducir el impacto ambiental de las ciudades, garantizar el acceso universal a zonas verdes y espacios públicos, como también proteger el patrimonio cultural y natural presente en nuestro territorio”, dice.

Otro aspecto a tener en consideración, agrega, es la planificación urbana participativa, donde se involucren todos los actores que habitan y hacen ciudad. “Que se promuevan ciudades más inclusivas y equitativas con el fin de evitar la segregación socioespacial de los territorios”, señala la geógrafa.

Compacidad y movilidad

Volviendo a la tensión inicial entre ciudades compactas y difusas, y la mirada negativa que suele posarse sobre las primeras, García Lima sostiene que la densidad no es buena o mala per se.

“Las ciudades más densas buscan optimizar los recursos de infraestructura, permiten reducir tiempos de viaje por cercanías promoviendo el uso más racional del transporte motorizado e incentiva los modos activos de movilidad. El desafío es encontrar la densidad adecuada en función del territorio que sirve de soporte a la ciudad en cuestión y encontrar el equilibrio en cuanto a la oferta de servicios, empleos, áreas verdes y vivienda, de modo a buscar una mayor armonía con el ambiente natural y de cómo la `densidad adecuada´ se traduce en las formas construidas de la ciudad (por ejemplo, densidad por altura o densidad por extensión)”, señala la urbanista.

García Lima alude a la teórica del urbanismo Jane Jacobs quien, ya en 1960, “planteaba la densidad adecuada como una cuestión de performance, es decir, debe adecuarse a las dinámicas y a las circunstancias específicas de cada caso. Sea cual sea el caso, el impacto al ambiente urbano, a la cualidad, intensidad y peculiaridad de la vida y convivencia urbana deben ser considerados”.

La proximidad es más eficiente que la dispersión, efectivamente, dice Link y también agrega que “las grandes ciudades son, probablemente, menos ineficientes que las ciudades intermedias o pequeñas. Entonces, a escala territorial, también vale la pena considerar un ordenamiento que permita el desarrollo de ciudades intermedias sin concentrar todos los recursos en áreas metropolitanas”.

En todo esto, la movilidad tiene una incidencia importante en las ventajas de la compacidad tanto para la calidad del habitar la ciudad, como para el impacto sobre el medio ambiente. Pero esta ventaja de la ciudad compacta debe ser apoyada por políticas públicas que impacten sobre las actividades y el equipamiento, que se distribuyen en el territorio.

Es decir, como explica García Lima, una movilidad menos dependiente de modos motorizados será más amigable con el ambiente, especialmente si se promueve movilidad sostenible en base a modos activos, como la caminata y la bicicleta, situaciones que se resuelven de mejor manera en una ciudad más compacta.

De la Fuente coincide con ella: “es importante tener claro que la movilidad urbana es necesaria para lograr acceder a las oportunidades o servicios que ofrece la ciudad. El problema principal es el modo de transporte que se utiliza en el desplazamiento”.

Cuando la ciudad es más compacta, señala, “la población accede a los servicios en menor tiempo y números de viajes, debido a que la distancia que debe recorrer una persona entre el origen y el destino es inferior, motivando el uso de la caminata y la bicicleta (que son modos de transporte sustentables). Al contrario, cuando la ciudad es menos compacta, las personas localizadas en zonas periféricas deben desplazarse grandes distancias, incentivando en muchos casos la utilización del automóvil privado cuando el transporte público no presenta una oferta competitiva”.

No obstante, en el caso de las ciudades chilenas que son tan segregadas socialmente, García Lima señala que “se corre el riesgo de profundizar esa segregación por lo que la política pública tienen que buscar acortar distancias, pero también mejorar la integración urbana, con mixtura de actividades y promoción de la convivencia urbana de diferentes clases sociales”.

Frente a ello, la urbanista menciona la electromovilidad como buena alternativa para el transporte público. Sin embargo, dice, “si bien puede disminuir el efecto de las emisiones de gases invernadero producidos por los motores a combustible fósil, deja de ser una buena opción para el uso del modo privado de transporte, ya que, por la baja ocupación de los vehículos, la distribución del espacio público seguiría siendo muy desigual y de impacto negativo para la calidad de vida y tiempos de viaje”.

Migrantes por naturaleza

El historiador Fernando Venegas Espinoza señala que los seres humanos somos migrantes por naturaleza. “La mayoría de la población mundial conjuga diversos ADN, que evidencian las diversas trayectorias de sus antepasados, desde hace siglos: América, África, Europa y Asia”, señala.

El, explica que, desde el siglo XIX, debido a la modernización de los medios de transporte, “los procesos migratorios se aceleraron, pues las distancias se acortaron. Probablemente el éxodo rural fue el más significativo de todos. En Europa fue producto de la industrialización. En América Latina, aunque también se crearon industrias, fue debido a múltiples variables, entre las que estuvieron la expansión de la red ferroviaria, el desarrollo del comercio en los puertos, como fue el caso de Valparaíso, y aspectos de carácter ambiental, entre otros”.

En Chile, no obstante, la tendencia recién se quebró en 1940, cuando el 51% de la población pasó a ser urbana, dice Venegas. “La falta de infraestructura, de viviendas, las carencias hospitalarias y de educación pública, fueron un grave problema, que se sumó a la explosión demográfica de la década de 1920, y que posteriormente, llevaría al colapso del sistema político. Por eso proliferaron las llamadas poblaciones `callampa´”.

Libros recomendados

La condición urbana. La ciudad a la hora de la mundialización, Olivier Mongin. Paidós, 2006.
Postmetrópolis: Estudios críticos sobre las ciudades y las regiones, Edward Soja. Traficantes De Sueños, 2008.
Ciudad y Territorio: Ciudad Compacta vs Ciudad Dispersa. Visiones desde México y España, Jesús Manuel Fitch Osuna, Carmen Escobar Ramírez y Carlos Marmolejo Duarte (eds). Universidad Autónoma de Nuevo León, México, 2017.
El Largo Verano. De la era glacial a nuestros días, Brian Fagan. Barcelona, Gedisa, 2007.
El Gran calentamiento. Cómo influyó el cambio climático en el apogeo y caída de las civilizaciones (1300-1850), Brian Fagan. Barcelona, Gedisa, 2009.

Ver artículo

Fuente: Diario Concepción, Lunes 30 de Agosto de 2021

DIARIO CONCEPCIÓN – Los retos que se deben abordar desde la ocupación del territorio para avanzar hacia una ciudad y una sociedad sustentable, son abordados por cuatro especialistas, quienes revisan cómo se pueden conjugar los efectos de la urbanización con la calidad del habitar y la protección del medio ambiente.

Ximena Cortés Oñate

El escenario urbano contemporáneo pareciera desarrollarse en medio de la tensión entre dos fuerzas críticas: las ciudades compactas y las ciudades dispersas.

La discusión en torno a la densidad urbana aparece cada tanto, con un concepto que no siempre es claramente entendido. Se la suele asociar a la existencia de torres en altura, que han llamado guetos verticales; no obstante, como explica la arquitecta y urbanista Claudia García Lima, la expresión construida de la densidad puede tener muchas formas, no solo construcciones en altura.

La académica del departamento de Urbanismo de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Geografía de la Universidad de Concepción, señala que la búsqueda del equilibrio de la densidad en el desarrollo urbano pasa por “armonizar diferentes normas urbanísticas, como definir la intensidad del uso de suelo, la parcelación, tasa de ocupación, constructibilidad, alturas, entre otras, y garantizar espacio público en función de las actividades que se desarrollan en un determinado espacio, bien como la mezcla de ellas”.

“Las ciudades más densas buscan optimizar los recursos de infraestructura, permiten reducir tiempos de viaje por cercanías promoviendo el uso más racional del transporte motorizado e incentiva los modos activos de movilidad” Claudia García Lima

Ello debe tomar en consideración, además, educación y participación activa de la comunidad sobre las políticas y desarrollo de la planificación urbana para, de esta manera, evaluar las diferentes alternativas de escenarios futuros y sus respectivos impactos.
Tanto la compacidad como la dispersión urbana traen ventajas y desventajas en el habitar, las que pueden ser entendidas en diversas escalas. Por ejemplo, a nivel individual, las ciudades dispersas presentan la desventaja de que una persona debe recorrer largas distancias para llegar a su destino, implicando un aumento en los tiempos y número de viajes.

Otra dimensión que menciona la geógrafa Helen de la Fuente Contreras es la barrial. Aquí, lo negativo de la dispersión se evidencia cuando un sector residencial, localizado en la periferia de la ciudad, carece de equipamientos, cuenta con un deficiente transporte público, escasa infraestructura y no posee espacios públicos funcionales para el desarrollo y encuentro de la comunidad.

“A escala de ciudad, en tanto, la dispersión aumenta el consumo de suelo impactando negativamente a los ecosistemas naturales cercanos”, dice la encargada del Observatorio del Centro de Desarrollo Urbano, CEDEUS, en la UdeC.

“Es importante tener claro que la movilidad urbana es necesaria para lograr acceder a las oportunidades o servicios que ofrece la ciudad. El problema principal es el modo de transporte que se utiliza en el desplazamiento”. Helen de la Fuente

Por su parte, Felipe Link Lazo complementa señalando que, en el caso de la ciudad dispersa o el crecimiento en extensión, generalmente en baja densidad, “el problema residencial está en la especialización funcional; es decir, segregación y conformación de guetos o ciudadelas, generalmente de acceso controlado, que homogenizan el espacio y la convivencia”.

En términos del acceso a recursos y el uso de infraestructuras, el profesor asociado del Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales de la Universidad Católica señala que se trata de un modelo ineficiente que requiere de tiempo y desplazamientos mayores. “El posible beneficio del crecimiento en extensión, sería, eventualmente, para quienes tienen capacidad de pago, y se refiere a la disponibilidad de mayor espacio”, asevera.

“La planificación urbana debería lograr un equilibrio, con el objetivo de resguardar la condición urbana en su sentido más amplio, como el lugar que da la posibilidad de encuentro y que construye un modo urbano de vivir, con un cierto tamaño, densidad y heterogeneidad social”. Felipe Link

De la Fuente también identifica los factores económicos como externalidades positivas de las ciudades dispersas. Por ejemplo, dice, “los suelos más distantes del centro poseen un precio menor, siendo atractivo tanto para la construcción de viviendas sociales por parte del Estado como para inmobiliarias, promoviendo el acceso a la vivienda unifamiliar a través de proyectos de rápida construcción. Pero a costa de las desventajas mencionadas anteriormente”.

Equilibrio necesario

Si bien parecieran estar en extremos opuestos de la densidad poblacional, Link explica que la densificación de áreas centrales y la dispersión son dos tendencias paralelas, no excluyentes.

A su juicio, las ciudades compactas presentan beneficios como la proximidad; es decir, explica, con la posibilidad de acceder a recursos urbanos en menor tiempo y con menores desplazamientos, además de posibilitar el reconocimiento en un espacio limitado. “En una ciudad con proximidad se facilita también la interacción social, el sentido de pertenencia y arraigo a un lugar”, sostiene Link quien también es investigador asociado en el Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social, COES, y en CEDEUS.

De la Fuente agrega que la ciudad compacta posee usos de suelo mixto, donde se concentran bienes y servicios: “Esto genera beneficios como una reducción en los tiempos de viaje, que incentiva los modos de transporte no motorizados, mejorando la eficiencia energética. Al ser una ciudad más caminable, aumenta la actividad física y la salud de los habitantes”.

Además, dice, la alta densificación consume una menor superficie de suelo permitiendo una mejor gestión de zonas de interés ambiental. “Sin embargo, la alta densificación regida por intereses del mercado podría llevar a una sobresaturación del terreno, generando de igual manera impactos ambientales negativos como también una falta de diversidad del espacio urbano”, señala la geógrafa.

“Es importante enfatizar que, dentro de las desventajas, se incrementan los valores de las propiedades y del espacio en general, produciendo procesos de gentrificación, que provocan un desplazamiento paulatino de la población local que se ha empobrecido a causa de altos costos de vida al vivir en el centro de la ciudad”, dice de la Fuente.

En tanto Link, añade que el riesgo de la compacidad es la híper densidad, es decir, concentrar en un espacio acotado a una gran cantidad de población en tipologías de vivienda que atentan contra la vida urbana.

“Hemos visto en investigaciones previas que, por ejemplo, la sociabilidad urbana se ve fragmentada o disminuida en los dos extremos de la densidad, tanto en híper densidad como en crecimiento en extensión en baja densidad. Por lo tanto, la planificación urbana debería lograr un equilibrio entre ambas tendencias, con el objetivo de resguardar la condición urbana en su sentido más amplio, como el lugar que da la posibilidad de encuentro con otros y que construye un modo urbano de vivir, con un cierto tamaño, densidad y heterogeneidad social”, señala.

Compromiso de la sociedad

Frente a las crisis económicas, sanitarias y ambientales que se enfrentan en la actualidad, existen ciertos movimientos que manifiestan una tendencia a abandonar los grandes centros poblados para instalarse en zonas rurales para buscar una autosustentabilidad y combatir el cambio climático.

El historiador Fernando Venegas Espinoza señala que este fenómeno se ha dado en todo occidente, especialmente entre profesionales, que se saturan de la ciudad y migran a los espacios rurales, lo que es facilitado (históricamente, ver recuadro) por los mejores caminos y las facilidades en las comunicaciones.

“El repoblamiento de los espacios rurales se hace como una proyección, siguiendo el `habitus´ urbano. Por lo tanto, la separación entre lo urbano y lo rural se hace cada vez más difusa, desde el punto de vista cultural”. Fernando Venegas

“Sin desconocer los buenos propósitos de quienes tienen esas iniciativas, no logran ser autosustentables. A lo más tendrán una huerta, si es que tienen tiempo para cultivarla. Se construyen viviendas en suelos agrícolas. El tema del agua es clave, pero está ausente una cultura campesina en esas personas. Una cosa es ir al campo a tomar aire y contemplar sus bellezas, y otra es vivir en el campo o vivir del campo, lo cual es un gran sacrificio para muchos de estos migrantes”, señala el director del Departamento de Historia y del Programa de Doctorado en Historia de la Universidad de Concepción.

A su juicio, “el repoblamiento de los espacios rurales se hace como una proyección, siguiendo el `habitus´ (concepto de Bourdieu) urbano. Por lo tanto, la separación entre lo urbano y lo rural se hace cada vez más difusa, desde el punto de vista cultural”.

Entonces, ¿sobre qué elementos se debe actuar para lograr una ciudad sustentable? Para García Lima, eso depende de la base sobre la cual se hace el diagnóstico. “La idea inicial con la que se partió con el concepto de sustentabilidad, en un equilibrio entre desarrollo social y económico y respeto hacia el ambiente natural, se desdobla en muchos matices dependiendo de dónde se encuentra el desequilibrio de una ciudad”, explica.

Presidenta de PlanRed Chile (Red de Planificadores de Chile), García Lima señala que, mientras ciudades europeas, están preocupadas con endurecer medidas hacia estándares ambientales más estrictos, en Latinoamérica todavía la preocupación está enfocada en la búsqueda de mayor prosperidad social y económica para disminuir las desigualdades sociales.

“Lo que se ha comprendido en el camino hacia la sustentabilidad, es la necesidad de un compromiso de la sociedad como un todo, donde el Estado tiene un rol clave, en el sentido de facilitar los procesos de aprendizaje y concientización de la población, regular y fiscalizar la actuación de los grupos de interés y promover políticas de incentivo para que el compromiso social sea viable”, dice.
Considerando que lograr una mayor sustentabilidad en las ciudades implica retos diversos debido a los acelerados procesos de urbanización del último tiempo, de la Fuente plantea como necesario hacer referencia a los Objetivos del Desarrollo Sustentable, ODS, propuestos por las Naciones Unidas al 2030. “Estos objetivos abarcan desafíos como, por ejemplo, reducir el impacto ambiental de las ciudades, garantizar el acceso universal a zonas verdes y espacios públicos, como también proteger el patrimonio cultural y natural presente en nuestro territorio”, dice.

Otro aspecto a tener en consideración, agrega, es la planificación urbana participativa, donde se involucren todos los actores que habitan y hacen ciudad. “Que se promuevan ciudades más inclusivas y equitativas con el fin de evitar la segregación socioespacial de los territorios”, señala la geógrafa.

Compacidad y movilidad

Volviendo a la tensión inicial entre ciudades compactas y difusas, y la mirada negativa que suele posarse sobre las primeras, García Lima sostiene que la densidad no es buena o mala per se.

“Las ciudades más densas buscan optimizar los recursos de infraestructura, permiten reducir tiempos de viaje por cercanías promoviendo el uso más racional del transporte motorizado e incentiva los modos activos de movilidad. El desafío es encontrar la densidad adecuada en función del territorio que sirve de soporte a la ciudad en cuestión y encontrar el equilibrio en cuanto a la oferta de servicios, empleos, áreas verdes y vivienda, de modo a buscar una mayor armonía con el ambiente natural y de cómo la `densidad adecuada´ se traduce en las formas construidas de la ciudad (por ejemplo, densidad por altura o densidad por extensión)”, señala la urbanista.

García Lima alude a la teórica del urbanismo Jane Jacobs quien, ya en 1960, “planteaba la densidad adecuada como una cuestión de performance, es decir, debe adecuarse a las dinámicas y a las circunstancias específicas de cada caso. Sea cual sea el caso, el impacto al ambiente urbano, a la cualidad, intensidad y peculiaridad de la vida y convivencia urbana deben ser considerados”.

La proximidad es más eficiente que la dispersión, efectivamente, dice Link y también agrega que “las grandes ciudades son, probablemente, menos ineficientes que las ciudades intermedias o pequeñas. Entonces, a escala territorial, también vale la pena considerar un ordenamiento que permita el desarrollo de ciudades intermedias sin concentrar todos los recursos en áreas metropolitanas”.

En todo esto, la movilidad tiene una incidencia importante en las ventajas de la compacidad tanto para la calidad del habitar la ciudad, como para el impacto sobre el medio ambiente. Pero esta ventaja de la ciudad compacta debe ser apoyada por políticas públicas que impacten sobre las actividades y el equipamiento, que se distribuyen en el territorio.

Es decir, como explica García Lima, una movilidad menos dependiente de modos motorizados será más amigable con el ambiente, especialmente si se promueve movilidad sostenible en base a modos activos, como la caminata y la bicicleta, situaciones que se resuelven de mejor manera en una ciudad más compacta.

De la Fuente coincide con ella: “es importante tener claro que la movilidad urbana es necesaria para lograr acceder a las oportunidades o servicios que ofrece la ciudad. El problema principal es el modo de transporte que se utiliza en el desplazamiento”.

Cuando la ciudad es más compacta, señala, “la población accede a los servicios en menor tiempo y números de viajes, debido a que la distancia que debe recorrer una persona entre el origen y el destino es inferior, motivando el uso de la caminata y la bicicleta (que son modos de transporte sustentables). Al contrario, cuando la ciudad es menos compacta, las personas localizadas en zonas periféricas deben desplazarse grandes distancias, incentivando en muchos casos la utilización del automóvil privado cuando el transporte público no presenta una oferta competitiva”.

No obstante, en el caso de las ciudades chilenas que son tan segregadas socialmente, García Lima señala que “se corre el riesgo de profundizar esa segregación por lo que la política pública tienen que buscar acortar distancias, pero también mejorar la integración urbana, con mixtura de actividades y promoción de la convivencia urbana de diferentes clases sociales”.

Frente a ello, la urbanista menciona la electromovilidad como buena alternativa para el transporte público. Sin embargo, dice, “si bien puede disminuir el efecto de las emisiones de gases invernadero producidos por los motores a combustible fósil, deja de ser una buena opción para el uso del modo privado de transporte, ya que, por la baja ocupación de los vehículos, la distribución del espacio público seguiría siendo muy desigual y de impacto negativo para la calidad de vida y tiempos de viaje”.

Migrantes por naturaleza

El historiador Fernando Venegas Espinoza señala que los seres humanos somos migrantes por naturaleza. “La mayoría de la población mundial conjuga diversos ADN, que evidencian las diversas trayectorias de sus antepasados, desde hace siglos: América, África, Europa y Asia”, señala.

El, explica que, desde el siglo XIX, debido a la modernización de los medios de transporte, “los procesos migratorios se aceleraron, pues las distancias se acortaron. Probablemente el éxodo rural fue el más significativo de todos. En Europa fue producto de la industrialización. En América Latina, aunque también se crearon industrias, fue debido a múltiples variables, entre las que estuvieron la expansión de la red ferroviaria, el desarrollo del comercio en los puertos, como fue el caso de Valparaíso, y aspectos de carácter ambiental, entre otros”.

En Chile, no obstante, la tendencia recién se quebró en 1940, cuando el 51% de la población pasó a ser urbana, dice Venegas. “La falta de infraestructura, de viviendas, las carencias hospitalarias y de educación pública, fueron un grave problema, que se sumó a la explosión demográfica de la década de 1920, y que posteriormente, llevaría al colapso del sistema político. Por eso proliferaron las llamadas poblaciones `callampa´”.

Libros recomendados

La condición urbana. La ciudad a la hora de la mundialización, Olivier Mongin. Paidós, 2006.
Postmetrópolis: Estudios críticos sobre las ciudades y las regiones, Edward Soja. Traficantes De Sueños, 2008.
Ciudad y Territorio: Ciudad Compacta vs Ciudad Dispersa. Visiones desde México y España, Jesús Manuel Fitch Osuna, Carmen Escobar Ramírez y Carlos Marmolejo Duarte (eds). Universidad Autónoma de Nuevo León, México, 2017.
El Largo Verano. De la era glacial a nuestros días, Brian Fagan. Barcelona, Gedisa, 2007.
El Gran calentamiento. Cómo influyó el cambio climático en el apogeo y caída de las civilizaciones (1300-1850), Brian Fagan. Barcelona, Gedisa, 2009.

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Fuente: Diario Concepción, Lunes 30 de Agosto de 2021

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