Miércoles, Mayo 12, 2021

Ciudades de 15 minutos: prioridad de salud pública, por Isabel Brain y Marianela Castillo

LA TERCERA – La planificación urbana posibilita la movilidad y habitabilidad saludable a sus habitantes, pudiendo impactar en la prevención tanto de las enfermedades crónicas que mayormente nos aquejan, como de enfermedades transmisibles como COVID-19, con cuyo riesgo debemos aprender a vivir.

Pensar sólo en hospitales y centros de salud cuando hablamos de salud pública es un error. Si bien los servicios de salud son de gran importancia cuando nos enfermamos, lo cierto es que, a mayores niveles de urbanización, la salud pública se juega, cada vez más, en las características de la ciudad. La planificación urbana posibilita la movilidad y habitabilidad saludable a sus habitantes, pudiendo impactar en la prevención tanto de las enfermedades crónicas que mayormente nos aquejan, como de enfermedades transmisibles como COVID-19, con cuyo riesgo debemos aprender a vivir.

En tiempos normales (sin pandemia), las ciudades nos enferman de varias maneras. Enfermedades no transmisibles (o crónicas) como la hipertensión, diabetes, depresión, obesidad y en buena parte los cánceres, son producto de estilos de vida (y formas de habitar) que favorecen el sedentarismo, la inactividad física, el estrés y alimentación poco saludable. En Chile, la falta de planificación adecuada ha generado ciudades segregadas, con crecimiento en extensión y dependiente del automóvil. Así, las ciudades nos enferman con la polución que respiramos, con largos viajes de traslado al trabajo o estudio, (que generan siniestros fatales, e incrementa los niveles de estrés), la falta de espacios para el esparcimiento y la actividad física y la oferta desigual de alimentos sanos (frutas y verduras).

Al control de enfermedades crónicas, la pandemia ha sumado un desafío adicional. Las cuarentenas, al limitar el movimiento a la escala de barrio las personas han experimentado en carne propia el déficit urbano en nuestras ciudades. Hoy la ciudadanía es más consenciente de lo que significa vivir en una ciudad diseñada y planificada para las personas versus una ciudad diseñada y planificada para los automóviles; una ciudad integrada y compacta versus una ciudad segregada y dispersa; una ciudad que ofrece usos mixtos y comunidades diversas socialmente versus ciudades que separan usos y grupos sociales. La necesidad de cambiar nuestras ciudades ha ganado fuerza y apoyo ciudadano, oportunidad que debemos aprovechar para formular políticas que vinculen salud pública, planificación urbana y sustentabilidad ambiental en nuestras ciudades.

Entre los objetivos de la agenda de desarrollo sostenible de la ONU, el objetivo 3 plantea “garantizar una vida sana y promover el bienestar de todos en todas las edades” y el objetivo 11 propone “hacer que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles”. La OMS en 2019 publicó el “Poder de las Ciudades” enfatizando el rol estratégico de éstas para enfrentar las enfermedades no transmisibles y siniestros viales. Clave en estos objetivos globales es la movilidad activa y el desarrollo de ciudades compactas. Ambos van entrelazados. No es posible promover movilidad activa si las ciudades no ofrecen a sus habitantes oportunidades de acceso a servicios, educación, trabajo y equipamiento que estén distribuidos en forma equitativa y con igual estándar a lo largo de toda la trama urbana. La necesidad es apremiante, según estudio del CIT, solo 9% de la población de la región metropolitana habita en áreas que cumplen estándares de ciudades de 15 minutos.

En este marco, ha ganado adhesión la estrategia de diseño urbano “ciudad de 15 minutos” que vincula calidad de vida, movilidad y vida de barrio, al proponer que las personas puedan acceder en 15 minutos (a pie, bicicleta o transporte público) todo lo que necesitan diariamente. París ya adoptó esta visión de ciudad; en Chile la idea cuenta con respaldo ciudadano e institucional.

Desde una perspectiva sanitaria, las ciudades de 15 minuto son un objetivo de salud pública también. Necesitamos hacer confluir salud pública y planificación urbana, poniendo al centro tanto la vida de quienes habitan la ciudad, como la sustentabilidad ambiental y el cuidado de los ecosistemas en que estas se insertan. El futuro de las ciudades debe ser una tarea y preocupación del ministerio de salud y profesionales del área, comprometiendo tiempo y recursos en investigación, discusión y elaboración de propuestas que fortalezcan la visión de ciudades sostenibles que promueven las agendas globales (suscritas por Chile).

Fuente: La Tercera, Miércoles 31 de Marzo de 2021

LA TERCERA – La planificación urbana posibilita la movilidad y habitabilidad saludable a sus habitantes, pudiendo impactar en la prevención tanto de las enfermedades crónicas que mayormente nos aquejan, como de enfermedades transmisibles como COVID-19, con cuyo riesgo debemos aprender a vivir.

Pensar sólo en hospitales y centros de salud cuando hablamos de salud pública es un error. Si bien los servicios de salud son de gran importancia cuando nos enfermamos, lo cierto es que, a mayores niveles de urbanización, la salud pública se juega, cada vez más, en las características de la ciudad. La planificación urbana posibilita la movilidad y habitabilidad saludable a sus habitantes, pudiendo impactar en la prevención tanto de las enfermedades crónicas que mayormente nos aquejan, como de enfermedades transmisibles como COVID-19, con cuyo riesgo debemos aprender a vivir.

En tiempos normales (sin pandemia), las ciudades nos enferman de varias maneras. Enfermedades no transmisibles (o crónicas) como la hipertensión, diabetes, depresión, obesidad y en buena parte los cánceres, son producto de estilos de vida (y formas de habitar) que favorecen el sedentarismo, la inactividad física, el estrés y alimentación poco saludable. En Chile, la falta de planificación adecuada ha generado ciudades segregadas, con crecimiento en extensión y dependiente del automóvil. Así, las ciudades nos enferman con la polución que respiramos, con largos viajes de traslado al trabajo o estudio, (que generan siniestros fatales, e incrementa los niveles de estrés), la falta de espacios para el esparcimiento y la actividad física y la oferta desigual de alimentos sanos (frutas y verduras).

Al control de enfermedades crónicas, la pandemia ha sumado un desafío adicional. Las cuarentenas, al limitar el movimiento a la escala de barrio las personas han experimentado en carne propia el déficit urbano en nuestras ciudades. Hoy la ciudadanía es más consenciente de lo que significa vivir en una ciudad diseñada y planificada para las personas versus una ciudad diseñada y planificada para los automóviles; una ciudad integrada y compacta versus una ciudad segregada y dispersa; una ciudad que ofrece usos mixtos y comunidades diversas socialmente versus ciudades que separan usos y grupos sociales. La necesidad de cambiar nuestras ciudades ha ganado fuerza y apoyo ciudadano, oportunidad que debemos aprovechar para formular políticas que vinculen salud pública, planificación urbana y sustentabilidad ambiental en nuestras ciudades.

Entre los objetivos de la agenda de desarrollo sostenible de la ONU, el objetivo 3 plantea “garantizar una vida sana y promover el bienestar de todos en todas las edades” y el objetivo 11 propone “hacer que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles”. La OMS en 2019 publicó el “Poder de las Ciudades” enfatizando el rol estratégico de éstas para enfrentar las enfermedades no transmisibles y siniestros viales. Clave en estos objetivos globales es la movilidad activa y el desarrollo de ciudades compactas. Ambos van entrelazados. No es posible promover movilidad activa si las ciudades no ofrecen a sus habitantes oportunidades de acceso a servicios, educación, trabajo y equipamiento que estén distribuidos en forma equitativa y con igual estándar a lo largo de toda la trama urbana. La necesidad es apremiante, según estudio del CIT, solo 9% de la población de la región metropolitana habita en áreas que cumplen estándares de ciudades de 15 minutos.

En este marco, ha ganado adhesión la estrategia de diseño urbano “ciudad de 15 minutos” que vincula calidad de vida, movilidad y vida de barrio, al proponer que las personas puedan acceder en 15 minutos (a pie, bicicleta o transporte público) todo lo que necesitan diariamente. París ya adoptó esta visión de ciudad; en Chile la idea cuenta con respaldo ciudadano e institucional.

Desde una perspectiva sanitaria, las ciudades de 15 minuto son un objetivo de salud pública también. Necesitamos hacer confluir salud pública y planificación urbana, poniendo al centro tanto la vida de quienes habitan la ciudad, como la sustentabilidad ambiental y el cuidado de los ecosistemas en que estas se insertan. El futuro de las ciudades debe ser una tarea y preocupación del ministerio de salud y profesionales del área, comprometiendo tiempo y recursos en investigación, discusión y elaboración de propuestas que fortalezcan la visión de ciudades sostenibles que promueven las agendas globales (suscritas por Chile).

Fuente: La Tercera, Miércoles 31 de Marzo de 2021

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