Jueves, Enero 29, 2026

Productividad: entre el consenso técnico y la inacción política. Por Raphael Bergoeing

EX ANTE – La productividad es casi todo: sin productividad no hay crecimiento sostenido, no hay prosperidad posible. En esto existe consenso técnico. El problema es que ese consenso rara vez se traduce en decisiones. Fuera de los diagnósticos, el acuerdo se diluye. Persisten mitos, a veces políticamente funcionales, que contribuyen a bloquear cualquier agenda pro productividad amplia.

El primer mito es creer que productividad equivale a exigir más esfuerzo. No se trata de trabajar más horas ni de construir entornos laborales permanentemente estresantes, donde cada acción está sometida a escrutinio individual y presión por rendir. La evidencia muestra lo contrario: en los entornos más productivos las condiciones laborales son mejores, hay mayor claridad de objetivos, evaluaciones colectivas bien diseñadas, mejores salarios y, paradójicamente, más tiempo libre. La productividad consiste en producir más valor con el mismo esfuerzo: liberar tiempo, reducir desperdicios, usar menos recursos naturales por unidad producida y disminuir costos ambientales. Confundirla con sacrificio o vigilancia permanente es una forma eficaz —aunque equivocada— de desacreditarla. La productividad no se impone: se diseña.

Un segundo mito es creer que productividad equivale a reemplazar trabajo por máquinas. La historia muestra que los avances que perduran son los que llegan a las personas. Usar la inteligencia artificial solo para automatizar tareas y reducir empleos genera progreso frágil e inestable. El desafío no es bloquear la IA, sino orientar su uso hacia nuevas tareas, mejores procesos y una mejor complementariedad con el trabajo humano. La productividad que excluye no dura.
Un tercer mito es creer que productividad equivale a innovación radical. Para países como Chile, el desafío no es empujar la frontera tecnológica, sino alcanzarla. Copiar no es un fracaso; es una estrategia racional. Adoptar lo que ya funciona es más rápido y barato que intentar innovar primero. La frontera importa, pero alcanzarla importa más.

El cuarto mito es atribuir la baja productividad a una falla individual. Podemos capacitarnos y comprometernos, pero si el entorno es poco productivo, nosotros también lo seremos. Empresas aisladas, regulaciones mal diseñadas, trámites redundantes y permisos inciertos castigan cualquier esfuerzo. En Chile, demasiadas veces pedimos productividad a personas y empresas mientras mantenemos un entorno que la obstaculiza. Por eso la productividad no se construye en solitario: requiere acción colectiva, coordinación sectorial y un Estado que deje de ser parte del problema.

En ese contexto, la regulación suele aparecer como el principal culpable. Pero el problema no es regular, sino haber acumulado normas y procedimientos sin evaluar su impacto conjunto. Regular bien exige aprender qué funciona y qué no, para corregirlo. Por eso, un sistema explícito y estructurado de evaluación de las políticas públicas no es accesorio: es central en una agenda pro productividad.

Un quinto mito es creer que existe alguna bala de plata para elevar la productividad agregada: un solo problema —la regulación, el mercado laboral o el Estado— que, de corregirse, resolvería todo. No la hay. Lo que falta es un conjunto integral de reformas microeconómicas, muchas pequeñas y poco vistosas, que suelen enfrentar resistencia de grupos interesados en preservar rentas o simplemente reacios al cambio por temor a lo desconocido. El resultado es un equilibrio cómodo para algunos, pero costoso para el país en su conjunto. La baja productividad no es un accidente: es el resultado predecible de no decidir.

Una agenda pro productividad requiere apoyo transversal, pero ese apoyo no se construye alrededor de un indicador técnico. Se construye desde un propósito explícito y compartido: asociar el aumento de productividad con mayor bienestar amplio y sostenido. Más productividad no para trabajar más, sino para liberar tiempo; no para concentrar beneficios, sino para expandir oportunidades; no para competir hasta el agotamiento, sino para sostener trayectorias de desarrollo más estables y equitativas. Mientras ese propósito no se socialice con claridad, seguiremos atrapados en diagnósticos correctos y decisiones postergadas. Y en productividad, postergar también es una forma de elegir.

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Fuente: Ex-Ante, Martes 27 de Enero de 2026

EX ANTE – La productividad es casi todo: sin productividad no hay crecimiento sostenido, no hay prosperidad posible. En esto existe consenso técnico. El problema es que ese consenso rara vez se traduce en decisiones. Fuera de los diagnósticos, el acuerdo se diluye. Persisten mitos, a veces políticamente funcionales, que contribuyen a bloquear cualquier agenda pro productividad amplia.

El primer mito es creer que productividad equivale a exigir más esfuerzo. No se trata de trabajar más horas ni de construir entornos laborales permanentemente estresantes, donde cada acción está sometida a escrutinio individual y presión por rendir. La evidencia muestra lo contrario: en los entornos más productivos las condiciones laborales son mejores, hay mayor claridad de objetivos, evaluaciones colectivas bien diseñadas, mejores salarios y, paradójicamente, más tiempo libre. La productividad consiste en producir más valor con el mismo esfuerzo: liberar tiempo, reducir desperdicios, usar menos recursos naturales por unidad producida y disminuir costos ambientales. Confundirla con sacrificio o vigilancia permanente es una forma eficaz —aunque equivocada— de desacreditarla. La productividad no se impone: se diseña.

Un segundo mito es creer que productividad equivale a reemplazar trabajo por máquinas. La historia muestra que los avances que perduran son los que llegan a las personas. Usar la inteligencia artificial solo para automatizar tareas y reducir empleos genera progreso frágil e inestable. El desafío no es bloquear la IA, sino orientar su uso hacia nuevas tareas, mejores procesos y una mejor complementariedad con el trabajo humano. La productividad que excluye no dura.
Un tercer mito es creer que productividad equivale a innovación radical. Para países como Chile, el desafío no es empujar la frontera tecnológica, sino alcanzarla. Copiar no es un fracaso; es una estrategia racional. Adoptar lo que ya funciona es más rápido y barato que intentar innovar primero. La frontera importa, pero alcanzarla importa más.

El cuarto mito es atribuir la baja productividad a una falla individual. Podemos capacitarnos y comprometernos, pero si el entorno es poco productivo, nosotros también lo seremos. Empresas aisladas, regulaciones mal diseñadas, trámites redundantes y permisos inciertos castigan cualquier esfuerzo. En Chile, demasiadas veces pedimos productividad a personas y empresas mientras mantenemos un entorno que la obstaculiza. Por eso la productividad no se construye en solitario: requiere acción colectiva, coordinación sectorial y un Estado que deje de ser parte del problema.

En ese contexto, la regulación suele aparecer como el principal culpable. Pero el problema no es regular, sino haber acumulado normas y procedimientos sin evaluar su impacto conjunto. Regular bien exige aprender qué funciona y qué no, para corregirlo. Por eso, un sistema explícito y estructurado de evaluación de las políticas públicas no es accesorio: es central en una agenda pro productividad.

Un quinto mito es creer que existe alguna bala de plata para elevar la productividad agregada: un solo problema —la regulación, el mercado laboral o el Estado— que, de corregirse, resolvería todo. No la hay. Lo que falta es un conjunto integral de reformas microeconómicas, muchas pequeñas y poco vistosas, que suelen enfrentar resistencia de grupos interesados en preservar rentas o simplemente reacios al cambio por temor a lo desconocido. El resultado es un equilibrio cómodo para algunos, pero costoso para el país en su conjunto. La baja productividad no es un accidente: es el resultado predecible de no decidir.

Una agenda pro productividad requiere apoyo transversal, pero ese apoyo no se construye alrededor de un indicador técnico. Se construye desde un propósito explícito y compartido: asociar el aumento de productividad con mayor bienestar amplio y sostenido. Más productividad no para trabajar más, sino para liberar tiempo; no para concentrar beneficios, sino para expandir oportunidades; no para competir hasta el agotamiento, sino para sostener trayectorias de desarrollo más estables y equitativas. Mientras ese propósito no se socialice con claridad, seguiremos atrapados en diagnósticos correctos y decisiones postergadas. Y en productividad, postergar también es una forma de elegir.

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Fuente: Ex-Ante, Martes 27 de Enero de 2026

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